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El nuevo ajuste fiscal implementado
por el gobierno nacional, intenta
equilibrar las cuentas del Estado
con el objeto de dar cumplimiento
a las metas acordadas con el FMI,
al mismo tiempo que trata de sostener
la convertibilidad como mecanismo
operativo para evitar el desborde
de las variables internas, y su inevitable
impacto sobre las actividades cotidianas
de la población.
El equilibrio de las cuentas nacionales
se ha transformado en una suerte de
búsqueda del tesoro para todos
los gobiernos, y su inalcanzabilidad
la hace mas deseada, desatando entre
los economistas una competencia por
elaborar la alquimia que permita resolver
este intrincado teorema.
De esta forma, se visualiza al déficit
fiscal como una epidemia que debe
ser atacada con todos los recursos
para exterminarlo, y a su contracara
el equilibrio fiscal como el ámbito
natural para el desarrollo de las
actividades económicas.
Las dificultades y la complejidad
de todos los elementos que se deben
tener en cuenta, ya se trate de intereses
sectoriales, compromisos externos,
deudas internas, continuidad del funcionamiento
del estado, necesidad de dar respuesta
al avance tecnológico, desarrollo
de la cultura, etc. determina que
las medidas que se plantean y su ejecución
posterior, inevitablemente deban privilegiar
algunos y postergar otros.
Es probable que de existir esa alquimia
que permita derrotar al feroz enemigo,
su aplicación transforme a
la victoria en una acción digna
de Pirro, ya que seguramente su costo
no justifique el botín obtenido,
y que a la hora de hacer el recuento
de las fuerzas que han sobrevivido
a la batalla y que son necesarias
para el desarrollo de una política
de crecimiento seria y efectiva, se
llegue a la conclusión que
ya no hay más déficit
fiscal, pero tampoco quedan operadores
con capacidad para llevar adelante
la tarea de la construcción
de un país con una economía
poderosa y con recursos adecuados
para brindarle a sus habitantes una
vida atractiva.
Es tan grande el deseo de encontrar
la solución que permita tranquilizar
los espíritus y de una vez
comenzar a transitar el camino del
crecimiento y la abundancia, que se
pierde de vista la necesidad de determinar
con precisión las causas que
producen el desequilibrio comercial,
expresión cabal de la actividad
económica de un país.
Por ello, y persistiendo erróneamente
en este sesgo analítico, se
elaboran programas que se acercan
peligrosamente al borde de lo decoroso,
se cruzan fronteras que deberían
ser infranqueables y se abandonan
marcos éticos y propuestas,
manipulando disposiciones legales
y aun constitucionales, en procura
de igualar el debe y el haber de las
operaciones del gobierno en ejercicio.
El interés por alcanzar los
objetivos fiscales, no debe poner
en riesgo el contrato social, y éste
se sostiene en condiciones preestablecidas
que no deben variarse de acuerdo con
necesidades coyunturales, ya que su
condición básica es
la de conformar los pilares sobre
los que se construye la convivencia
en una nación.
No es atendiendo el pago de las deudas
con recursos escasos como se va a
resolver este acertijo, ni existen
fórmulas para hacer desaparecer
la diferencia entre lo que se tiene
y lo que se debe. De igual manera,
no se debe resolver el déficit
paralizando la actividad económica
del país en aras de cumplir
con ecuaciones aritméticas,
ni tampoco se le debe sacar capital
de trabajo a quien lo utiliza en actividades
productivas, para responder a necesidades
financieras nacionales.
El equilibrio fiscal solo es fundamental
para aquellos países cuyo déficit
comercial genera las causas que impiden
su concreción.
Es importante tener en cuenta que
el déficit en las cuentas públicas
no es un problema a resolver, sino
que es la consecuencia natural de
decisiones tomadas y ejecutadas en
un ámbito mucho mas concreto
que el de las finanzas, que es aquel
de los negocios y la actividad económica,
agravado por la tendencia de muchos
funcionarios a desembarazarse de los
problemas del momento, asumiendo compromisos
que no los resuelven sino que solo
despejan en apariencia el horizonte
inmediato, pero sin considerar las
consecuencias que sus decisiones significan
para el futuro.
Siendo que las causas del desequilibrio
fiscal se encuentran en el mal desempeño
de las operaciones económicas,
su resolución debe buscarse
en el mismo ámbito que lo produjo.
Por lo tanto, las finanzas no pueden
ser utilizadas como un procedimiento
idóneo para corregir un problema
causado en un escenario absolutamente
diferente.
Las finanzas no deben ocupar el lugar
de privilegio en la escala de prioridades,
ya que es la actividad económica
y la capacidad para operar en ella
con inteligencia y talento la que
produce superavit. Este excedente,
no es otra cosa que la conclusión
de un ordenamiento económico
donde las actividades productivas
de cada operador, sea inversor, productor,
comerciante, operario, funcionario,
o cualquiera de las diversas facetas
en las que se puede participar, estén
orientadas a producir beneficio, sea
éste individual o social.
El concepto de la supremacía
de las finanzas en el mundo moderno,
también produce efectos perjudiciales
sobre los comportamientos sociales,
ya que todos los estratos de la sociedad
tienden a asumir en sus relaciones
personales los mismos conceptos que
se observan en el desenvolvimiento
de las políticas de nivel macroeconómico.
Es así como el trabajo, como
forma básica de inserción
en la actividad social, se ve reemplazado
por la tentación siempre presente
de la especulación financiera,
mientras que la búsqueda de
resultados en el cortísimo
plazo se manifiesta como el paradigma
del éxito.
La cultura de las finanzas, incorporada
como un elemento inherente a la vida
cotidiana de todos los habitantes,
cualquiera sea su condición
social y/o económica, tiene
como consecuencia inevitable la distorsión
y bastardización de su propio
contenido en razón de su empleo
indiscriminado y su errónea
utilización, modificando su
condición de herramienta y
transformándola en falsa teoría
económica.
La solución a los problemas
de la economía no se encuentra
en las fórmulas financieras
ni en las ecuaciones aritméticas,
tampoco en los recurrentes planes
de ajuste o emergencias, sino en la
dinamización de los negocios
que en su conjunto producen la actividad
generadora de recursos.
En este ámbito debe actuarse
con firmeza, convicción e inteligencia.
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